domingo, 3 de junio de 2007

Desde la oscuridad.

Este texto es un extracto de una consulta enviada a la sección de ayuda psicológica, la historia se incluye en nuestro libro "Cibersexualidad. Infidelidad, sexo, noviazgo y casos clínicos de la expresión sexual a través de Internet":

Quiero compartir con ustedes una parte de mi vida. Les platico mi historia:

La sexualidad, para mi, era un tabú. Desde niño mis padres me ocultaron el tema, aunque nunca lo mencionaron, parecía que el tema era sucio u obsceno, tenía una familia estupenda que cumplía todos mis caprichos, más sabía que estaba solo.

Mis padres son unos excelentes lectores, por ello, el paso más obvio en mi educación es que me convirtiera en un lector. Por esa costumbre de leer, tuve acceso a mucha información, tal vez demasiada para mi edad, una gran cantidad de ella, de índole sexual. Era feliz despejando mis dudas en ese tema, aquellas que mis padres no me aclaraban, esas que los incomodaban.

Una noche soñé con una de mis primas, de la misma edad que yo, esa representación onírica era el reflejo fiel (aunque no lo sabía) de una relación sexual, inclusive pude sentir cuando la penetraba. Al despertar mi ropa interior estaba mojada, espantado corrí con mi madre, ella al verlo, puso un rictus de enojo y sólo me dijo: “pregúntale a tu padre”. Obviamente este consejo era inútil, como vacío era mi padre. Nunca le pregunté.

Pero ahí estaban los libros, aunque para 1986 no existía tanta literatura sobre el tema, pude leer entre líneas lo que me había pasado. Ese recuerdo me ha acompañado hasta ahora. Mi sexualidad había iniciado.

La juventud fue de desenfreno, tuve relaciones sexuales con amigas, novias e incluso algunas primas, nada saciaba mi búsqueda de sensaciones y emociones que había leído en los libros y revistas. Mientras más mujeres se añadían a la lista, más vacío y solo me sentía.

Un día, descubrí Internet. Como todo aquello que me interesaba, me propuse conocer a fondo su funcionamiento, sus límites, sus alcances. Encontré de todo. Todo lo que un día hubiera soñado, así como una droga que te invita a soñar sabiendo que estás despierto, la red me ofrecía más de lo que yo esperaba: control, dominio y millones de personas acompañándome (e incluso dispuestas a todo). Ya no estaba solo.

Aunque por mucho tiempo me resistí a visitar sitios pornográficos, decidí hacerlo un día. La multitud de imágenes hizo que me diera cuenta de la degradación humana, ahí estaba, solo y acompañado por miles de personas teniendo relaciones sexuales, actos que escapaban de las figuras inertes que se asomaban en las revistas. Al fin podía acercarme al desprecio humano en su máxima expresión, soñar con gestos de terror y de aflicción.

De sólo ver, salté a participar. ¿Por qué no buscar a alguna mujer que deseara tener una relación sexual frente al monitor?, o mejor dicho masturbarse. Acto simple y llano, más fecundo de control sobre la otra persona, ¿acaso no todos soñamos con controlar? Busqué en los chats. No tardé en encontrar una presa: una mujer de Barcelona; por lo que dicen España es uno de los países con más personas practicando el cibersexo.

Ahí estaba ella, con su marido. La situación se me hizo incómoda, más el acuerdo fue nunca vernos los rostros, sólo ella y yo viéndonos los genitales, acepté la propuesta. Iniciamos, dejamos atrás las oraciones colocadas en el Messenger para ver sólo lo que nos ofrecía la webcam. Un puñado de imágenes en movimiento estaban en el monitor, el acto era monstruoso y vacío.

Las mujeres ya no me parecían atractivas, una computadora podía hacer más efecto que ellas. Absurdo dilema. Mi computadora era un remanso de paz y mi única compañera.

Entonces busqué pareja en Internet, una cibernovia. La primera que tuve fue una mujer cuatro años menor que yo, estudiante aún y con una dependencia hacia las drogas. Fuimos confidentes por más de dos años, contándonos cosas inclusive de índole sexual, sin llegar al acto cibersexual.

Nunca nos conocimos, aunque a ella le hubiera gustado. Mi temor a ser presa de otro me invadía, ya lo había descubierto, no quería ser parte de otro, tampoco de mí. La ayuda tardó en venir, era una tarde lluviosa cuando decidí conectarme a la red, con miedo a encontrarme a mí mismo. La computadora inició lentamente su encendido, las teclas eran pedazos de mí ser regadas en orden. También me estaba encendiendo. Decidí ingresar a un chat, buscar compañía. Encontré miles de personas buscando lo mismo, como un mercado de oportunidades. Todos sufrían lo que yo, debían ser como yo.
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